miércoles, 26 de marzo de 2014

TIEMPO DE CANICAS, por Gilbert Hernández

Digamos que eres un niño. Todo tu mundo está en las horas que pasas lejos de los adultos, cuando no estás en el colegio o con tus padres. Juegas con tus amigos en la calle porque hay pocos coches. Disfrutas viendo Detective submarino por la tele, leyendo comics fantásticos o de miedo, inventándote aventuras con los amigos, explorando patios y parques. Digamos que son los años sesenta en Los Angeles y que no te llamas Gilbert Hernandez, aunque igual sí.

Tiempo de canicas es tan historia autobiográfica de Gilbert Hernandez como de buena parte de sus lectores. Cuenta cosas que, de un modo u otro, nos han pasado exactamente así, pero no del todo; con esa misma mezcla de tristeza e indolencia, de inevitabilidad e inconsciencia del paso del tiempo. Con esa madre que nos tira los tebeos, o los cromos, cuando no la vemos, con esas rivalidades que se tornan amistades, esos enamoramientos no correspondidos o sí. Con esa humanidad.

Digamos que Tiempo de canicas es una obra precisa, medida, quirúrgica casi, distante pero con sentimiento, de un autor cuyas últimas obras tienen un toque surrealista que (me) causa cierta perplejidad, pero al que seguimos comprando fielmente porque, a pesar de todo, su trabajo sigue siendo impecable. Tras varias novelas gráficas con las “películas” de serie B que protagonizó su personaje Fritz cuando era actriz cutre, y sus ocasionales historias de Palomar, se descuelga ahora con esta narración sencilla y de realización engañosamente simple que tarda en olvidarse. Cuando el amigo Naranjo me prestó el cómic, me dijo: “Aún no he decidido si es buena o mala, pero a mí me ha gustado”. Digamos que comparto esa opinión acerca de esta narración sobre infancias que prescinde de todo lo que uno se espera de este tipo de obras.

jueves, 20 de febrero de 2014

Cultura en la red

Una de las grandes ventajas de esto de internet es que proporciona acceso a cosas que no sabías que existían. Y que te habrían interesado mucho de conocerlas. Antes te quedabas sin ellas, bendita ignorancia, ahora puedes conseguirlas de un modo u otro. 

En una columna sobre televisión comentan que en Amazon.co.uk hay una oferta de 4 libras por las dos temporadas de Sensitive Skin, comedia negra del interesantísimo Hugo Blick (guionista y director de The Shadow Line, que me descargué con entusiasmo hace un par de años y pasé a los amigos), protagonizada por Joanna Lumley, y, tras comprobar que tiene subtítulos en inglés, la pido a ver qué tal. Sigo sin saber qué tal, pero ahí está, bonitamente colocada en la estantería, esperando turno, que posiblemente sea antes del verano, antes de que Blick estrene su siguiente obra: The Honourable Woman, miniserie de espías protagonizada por Maggie Gyllenhaal. Ahora, cada temporada de Sensitive Skin cuesta seis libras, pero sigue siendo una gran oferta para quienes sepan inglés. Seguro. Así, sin verla.




Consultas el IMdb y descubres que Richard Curtis tiene una película para televisión titulada The Girl in the Cafe. No está editada en castellano pero puede comprarse en Amazon con subtítulos en inglés, o buscarse en la red y bajarla aprovechando que hay subtítulos en castellano, y, si te gusta, difundirla entre amigos que no saben idiomas pero ven películas con subtítulos. Cuando por fin la tienes del modo que sea, compruebas algo que ya sabías: no hay ninguna diferencia entre una película de televisión y una de cine. Sólo la interfaz. Y el talento. Tiene todas las virtudes y defectos de una de Richard Curtis, además de estar interpretada por Kelly McDonald y Bill Nighy. O sea, es estupenda, aunque algo blanda y bienintencionada. Como todas. Lo de Black Adder debió escribirlo algún gemelo malvado.

Lees The Guardian y descubres que en la sección de televisión se menciona una serie, un reality, un documental, que igual te interesa, o igual no. Si es de la BBC, hay subtítulos en inglés para cualquier cosa de la cadena desde que en 2007 implantó un servicio de streaming llamado BBC iPlayer, donde tienes hasta los concursos. Si es de otro canal, la cosa es más complicada, pero siguen encontrándose subtítulos en inglés para algunas cosas. Por ejemplo, hace un par de meses la BBC emitió un documental titulado Michael Palin in Wyeth's World, donde el miembro de los Monty Python habla de la obra y la vida de Andrew Wyeth. Conseguí encontrar el documental, y los subtítulos de iPlayer, y disfruté muchísimo con ese retrato fascinante de un pintor que apenas salió de su pueblo y que, además de su nutrida obra oficial, se pasó quince años pintando en secreto a la criada de un vecino. El documental está realizado con todo el cariño y la admiración que se merece uno de los artistas definitorios del siglo XX. No ha salido a la venta en ninguna parte, pero alguien lo ha subido a youtube, con unos subtítulos automáticos espantosos (si alguien quiere los de iplayer, que los pida por aquí), pero al alcance de todo el que sepa algo de inglés. Vale mucho la pena. Desgraciadamente esto sólo pasa con la BBC, no con la ITV o el Channel Four, aunque están en ello. Tampoco he encontrado un servicio semejante en Francia u otros países. En España tenemos en RTVE esa maravilla que es Televisión a la carta, y alguna cosa en los otros canales, pero no es lo mismo. 


Te enteras de que en Angouleme le dieron el año pasado un premio a The Nao of Brown, de Glynn Dillon, y buscas páginas y reseñas y recuerdas que dibujó en Vertigo hace años y averiguas que es su primer tebeo en diecisiete años y decides que te merece la pena y lo compras por BookDepository, antes de saber que aquí lo ha sacado Norma. Y lo disfrutas, y te admiras de que este hombre haya hecho un retrato femenino tan creíble y poco masculino, y, si buscas en la red, descubres que las últimas páginas son más flojas porque las hizo enfermo, pudiendo dibujar apenas, pero luchando para terminar su obra. De paso, en la página de Angouleme ves que uno de los premiados de este año es Mauvais genre, de Chloé Cruchaudet, y buscas críticas y lees un adelanto en francés y te parece interesante y descubres que en España lo editará Dibbuks en un par de meses y, en vez de arriesgarte a pedirlo en francés, decides esperar. Mientras lo haces, googleas a la autora y encuentras algo llamado Groenlandia-Manhattan, editado por Norma. Lo buscas en internet o lo lees en la biblioteca del barrio porque no conoces a nadie que lo tenga, compruebas que a la autora le va lo de “basado en hechos reales” (tanto este como el de Dibbuks lo están) y que entre este álbum y el que sacará Dibbuks hay un tremendo salto gráfico a mejor. El libro está bien, y, aunque no es de mi gusto, su historia de unos esquimales trasplantados a la vida moderna de la Norteamérica de principios del siglo XX es interesante y anuncia una autora muy prometedora: nunca me lo habría comprado, pero ahora es muy probable que el de Mauvais genre acabe en casa. Y, si la autora sigue así, también el siguiente.


En un Locus hay un artículo de Cory Doctorow donde te dice que cuelga gratuitamente sus novelas en la red, porque si a alguien le gustan tanto sus libros como para dedicar unas setenta horas a escanear uno y corregirlo y repasarlo y colgarlo en la red, ya lo cuelga él, máxime cuando ha descubierto que la venta de sus libros se ha triplicado desde que están en la red. Y vas a su página web y te bajas Little Brother para leerlo, y te gusta tanto que se lo recomiendas a dos o tres editores amigos, que tardan demasiado en hacer gestiones y Ediciones Urano se les adelanta al comprar los derechos. Esto pasó hace un par de años, y el libro salió ya, con el correcto título de Hermano pequeño. Cómprenlo, es estupendo.

Y un estudio poco difundido, creo que de un instituto alemán, dice que quienes más cosas se bajan de internet son las personas que más discos, libros y películas compran. Y me lo creo. Porque bajarse un torrente con dos mil libros escaneados no quiere decir que los vayas a leer y que mientras tanto dejes de comprar libros, sólo los acumulas mientras sigues comprando, y a veces los utilizas para probar con un autor u otro. Las casas de mis amigos son una prueba de ello. La mía también lo es, y lo sería aún más si tuviera más dinero y espacio. Todo lo que me bajo y acumulo de internet (y es mucho) no me impide pagar por Norton Gutiérrez y el collar de Emma Tzampak, comprar The Devil's Candy: The Anatomy Of A Hollywood Fiasco para el kindle o encargar la edición completa de Les incidents de la nuit de David B (¡Por fin, tras diez años esperando el final!). Y lo hago aunque debería contenerme mientras no libere espacio donando otras veinte cajas de libros a alguna de las bibliotecas del barrio. Hasta entonces, cuando un mensajero me trae algo, le doy de propina un tebeo o un libro para su pasmo y, ocasional, alegría. 

Escribo esto en unos momentos donde un gobierno que confunde la propiedad intelectual con los derechos de autor intenta poner puertas al campo y anuncia para lo segundo normas que ya existían, inventa otras que se demostrarán inútiles y sigue sin ver que lo que se necesita es instaurar otro tipo de política educativa que aliente el consumo racional de cultura y facilitar un modelo de intercambio de información eficaz y económicamente beneficioso para todos, en vez de ponerle zancadillas. Y lo dice alguien que tiene varias de sus obras “pirateadas” en la red. Porque, parece ser que todo esto perjudica a la cultura, en vez de beneficiarla. Porque lo de los párrafos anteriores no es cultura, parece...


lunes, 17 de febrero de 2014

Ernest y Celestine (2013)


Es infantil, para niños, no para todos los públicos, pero como las buenas obras infantiles está escrita por adultos que saben que los niños no son tontos. Y que hay que contar una historia con principio, desarrollo y final, con sorpresas a cada paso para que no se sepa cómo va a pasar lo que debe pasar.

Es la historia de cómo se conocen y se hacen amigos un oso y una ratoncita, cuando sus respectivas razas, mundos, sociedades, les dicen que eso no puede ser. Está basada en una colección de cuentos ilustrados obra de Gabrielle Vincent, alias de Monique Martin, que dedicó su talento pictórico a realizar una serie de acuarelas exquisitas, minimalistas casi, pero llenas de una fuerza sorprendente, con las que ilustró una serie de libros con anécdotas literarias simples, casi poéticas. Y si en los libros los personajes se conocen de siempre, aquí explican cómo se conocen.

Y siendo como es, terriblemente respetuosa con el espíritu de los libros, toda la película está animada al estilo tradicional, a mano, con un diseño de paisajes y personajes a base de acuarelas y trazos sueltos. Con unos movimientos y una gestualidad muy basada en un humor de cine mudo, tan sutil y tan raro de ver últimamente que casi parece novedoso. Y siguiendo un guión de Daniel Pennac que me tiene maravillado por lo ingenioso que es en muchas escenas y por la forma en que se las arregla para que lo previsible tenga lugar y se desarrolle de forma inesperada, por la manera en que gestos lógicos e inevitables acaban teniendo consecuencias sorprendentes y definitorias para los personajes. Mañana correré a comprar algún libro de este hombre.

Es hora y media de disfrute, llena de sensibilidad, ingenio y clasicismo bien entendido. Pero al ser conscientemente para niños, y no ser guay como una de Pixar, ni estar de moda como una de Miyazaki, muchos adultos que la vean con sus hijos la ignorarán o la menospreciarán, sin darse cuenta de que no se han aburrido en ningún momento. 

Es una película mágica, se titula Ernest y Celestine, pasó sin pena ni gloria las pasadas navidades por los cines y es candidata a los Oscars. Compite con dos películas tan divertidas como Los Croods y Mi villano favorito 2, con una tan comercial y entretenida como Frozen y con una de Hayao Miyazaki, así que no creo que gane, pero es de la única de la que me compraré el DVD (bueno, la de Miyazaki también). Y lo haré esperando que entre los extras se incluya el divertidísimo making off de la película que uno de los directores está publicando en un blog. Se actualiza tres veces por semana y ahora mismo se anda por el storyboard.



jueves, 13 de febrero de 2014

Pilotos televisivos

Suelo estar bastante al día de lo que se hace en televisión, y como los amigos me dan la murga, y me preguntan qué les sugiero, voy a repasar algunas novedades recientes. Sólo a partir de los pilotos. Para que sepan lo que les espera. 


Intelligence (CBS): No tiene. El nivel de escritura es pedestre como poco. A su lado, Se ha escrito un crimen es de la HBO. Es como un remake de El hombre de los seis millones de dólares, solo que las chupas que llevaba entonces Lee Majors eran más chulas. A un miembro de Delta Force le ponen un chip en el cerebro que le permite acceder a todo tipo de información y montarla mentalmente como si fuera un puzzle, lo cual lo convierte en una superarma para realizar misiones difíciles. O sólo complicadas, no lo tengo claro. Los protas son Josh Holloway (Sawyer en Perdidos) como chip humano, Marg Helgenberger (Catherine Willows en CSI) como su jefa, y Meghan Ohry (Caperucita Roja en Érase una vez) como su guardaespaldas. Esto no lo salva ni Caperucita Roja, que encima va todo el tiempo con pantalones. No creo que pase de los trece episodios, a no ser que al canal le vaya muy pero que muy mal en sus otras series. Y no, con ese equipo de guionistas no puede mejorar. En España empezó a emitirla FoxCrime la semana pasada.

Almost Human (Fox): La mediocridad hecha alta definición cortesía de un señor tan válido como J.H. Wyman, que cuenta en sus créditos con la desigual pero interesantísima Fringe y ese thriller triste que es La venganza del hombre muerto (película sorprendente, a la que sólo le sobra un tiroteo final a lo Jungla de cristal, que no tiene nada que ver con lo que pasa en los cien minutos anteriores). Ciencia ficción con policía cascarrabias y pierna artificial que resuelve casos futuristas de hace veinte años con la ayuda de su compañero, un robot descatalogado y simpático. Aunque lo parezca, no está basado en nada de Isaac Asimov, que de estarlo se revolvería en su tumba. Es todo tan mediocre que no se sabe si hay posibilidad de mejora en el futuro. Karl Urban y James Ealy hacen lo que pueden con el material que les dan sin conseguir levantar el resultado. También sale la gran Lili Taylor, pero no sé para qué ni porqué (probablemente para pagar las letras de la piscina, o algo así, lo cual me parece muy digno, ¿eh?). Los que quieran aburrirse pueden verlo en AXN,


Helix (Syfy): En una base de la Antártida hacen terribles manipulaciones secretas y genéticas. Pero se les escapa un virus y, a pesar de que todo es muy secreto, llaman a los del CDC para ver lo que pueden hacer. Parece que poco, ya que allí todo el mundo miente, traiciona a los demás y oculta algo, porque lo que pasó es secreto. Esto a pesar de que la palmarán si los del CDC no saben lo necesario para crear un antivirus y atajar la plaga. Hay momentos efectistas, actores de segunda, dirección regularcilla y la cosa se hace llevadera sólo por la curiosidad de ver cómo acaba, y más cuando, teóricamente, sólo serán trece episodios. Ignoren el hecho de que en los créditos aparece el nombre de Ronald D. Moore (sigan el enlace y vean porqué es un señor a considerar, aunque no siempre bien), porque aquí no escribe nada y debió limitarse a presentar el proyecto al canal junto con otros dos (que también le aprobaron, por cierto). Mi hermano lo resumió muy bien en un WhatsApp: “Y Helix es normalita; muy poco profesionales los del CDC”. Supongo que la emitirá Syfy un día de estos.


The Musketeers (BBC1): Adrian Hodges, creador de Primeval (Invasión jurásica o Mundo primitivo, dependiendo de la cadena que lo emitiera aquí), hace una de mosqueteros. Coge los personajes y el ambiente de Alejandro Dumas y los convierte en protagonistas de una serie semanal, con los mosqueteros del título frustrando semana a semana los complots de Richelieu y sus secuaces. Ambientación exquisita, guión funcional, dirección artística tan buena como era de esperar, y completamente olvidable si no se tiene una fijación personal por los mosqueteros y esas cosas. Yo la tengo por los dinosaurios y me lo pasaba en grande con Primeval hasta que se marchó Hodges (luego empeoraría un tanto), pero siempre fui consciente de que era una serie de capturar al dinosaurio de la semana, competente y poco más, por geniales que fueran los bichinos animados por ordenador. Así que, decidan. No sé cuándo la pondrán en España, ni en qué canal, pero seguro que cae en alguno (apuesto por Boing).


True Detective (HBO): Siguiendo la tendencia de thrillers lentos que nos invade de un tiempo a esta parte (véase The Fall), este es serio, pausado y profundo. Casi como uno sueco (véase The Killing). Crímenes siniestros en una Norteamérica desolada al estilo de Andrew Wyeth y Edward Hopper (aunque hecho de menos los planos generales clínicos que habría utilizado un director europeo para situar mejor el grado de abandono y alienación del paisaje). Muy bien escrita por Nic Pizzolatto (sólo conocido por escribir antes una novela, que, ahora que caigo, debería comprarme), dirigida de forma brillante por Cary Fukunaga y estupendamente interpretada por Woody Harrelson y Matthew McConaughey, es una de esas series que prefieres tener completa antes de verla. Es muy improbable que el señor que escribe este primer episodio la cague mucho en los siguientes. Sólo podría malograrse si se pasa de pedante o pretencioso, peligro del que es consciente, pero hasta eso sería perdonable y seguiría valiendo la pena verla. Notable, oigan. La está emitiendo el Plus, primero subtitulada y dos semanas después doblada..

La caza - The Fall (BBC2): La única serie reciente a la que le traducen el título y van y lo cambian. Día a día de una inspectora de policía (una grandísima Gillian Anderson) y de un asesino en serie (impecable Jamie Dornan) abocados a enfrentarse. Aviso que pese a lo que sospechen tras leer la frase anterior esta serie es lo menos parecido a un episodio de Mentes criminales que puede imaginarse. Sobria, densa, reposada, detallista, huyendo de efectismos gratuitos y machistas, con una escritura cuidada y concisa. Cinco episodios exquisitos, con el final más frustrante que he vivido en mucho tiempo, casi de cine de los setenta. Confieso que no me limité al piloto y que la vi completa el año pasado, y si la menciono aquí es porque esta semana, esta misma noche, empieza a emitirse en AXN, coincidiendo con el rodaje de una segunda temporada que, espero, hará menos frustrante el final de la primera. El guionista es Allan Cubitt, conocido en esta casa por haber escrito un Principal sospechoso y la película Sherlock Holmes y el caso de la media de seda. Es tan buena que se merecería una entrada entera de este blog. O un libro. Igual cuando vea la segunda temporada...

En unos días más pilotos.

miércoles, 12 de febrero de 2014

NORTON GUTIÉRREZ, de Juan Sáenz Valiente

Lo bueno de los tebeos es que muchas veces sólo hay que abrirlos para saber si te merece la pena comprarlos. ¿El dibujante sabe lo que hace o sólo se defiende y disimula sus limitaciones? ¿Compone la página o no sabe lo que es eso? ¿Sabe narrar o sólo acumula viñetas? ¿Cómo resuelve cada secuencia? Todo eso se sabe al primer vistazo. La apuesta está en la calidad del guión, porque la planificación puede haberla manipulado el dibujante y no siempre basta con leer unas frases de diálogo para saber si el guionista domina algo más que ortografía o gramática (¡y hay tantos que ni eso!). Recuerdo que allá por 1984 compré en un puesto del Rastro madrileño un Swamp Thing yanqui directamente importado de la base norteamericana de Torrejón. El número 24. Tenía un dibujo extraño y gótico de Stephen Bisette (al que conocía y apreciaba) y de John Tottleben (al que no conocía), pero con mucha atmósfera, una planificación hábil, y algo especial en las secuencias y los diálogos. Me lo llevé para probar y una semana después volvía corriendo para comprar todos los números que pillara. Qué mal rollo, por Dios. Qué acojone, qué canguelo, qué maravilla. Había descubierto a Alan Moore.

No es que Norton Gutiérrez y el collar de Emma Tzampak sea una obra a la altura de aquel trabajo de Alan Moore, pero al leerlo tuve la misma sensación de haber descubierto un tesoro escondido, algo que nadie más parecía conocer. Esto era fácil en aquellos tiempos sin internet, resulta más difícil en esta era de información, flujo de datos y cotilleos que pasan por información. Pero apenas he visto reseñas de este tebeo. Ni idea de porqué. Igual no lo ha visto nadie, lo cual me parece improbable, dado lo mucho que abulta en las librerías. (Corrijo, Carlos Portela sí lo ha visto, y también es un defensor entusiasta de este tebeo). 

Es un libro grande, bien editado, bonito, con dibujo exquisito y brillante y una secuenciación cuidadosa; de esos tebeos que al comprarlos sabes que te merecerán la pena aunque luego resulte que el guión es flojillo. Afortunadamente, al guión se puede poner alguna pega, pero no esa. Es ingenioso y divertido en su trama, sus personajes y sus secuencias. Y está servido por un dibujo minucioso, detallado, hábil, perfecto para contar una aventura al estilo antiguo, más Tintín que Indiana Jones, donde lo que importa es el salto de viñeta a viñeta, no el de página a página, con una planificación muy “línea clara” al estilo Hergé y un grafismo postmoderno que recuerda a gente como Chaland o Clerc.

La historia es extravagante y divertida, homenaje y parodia de las antiguas historietas de aventuras, donde todo puede pasar y todo pasa, desde un protagonista a lo Walter Mitty que busca romper la agobiante rutina familiar a científicos locos con robots gigantes, pasando por civilizaciones perdidas, tesoros ocultos, futuras novias buscando a un pariente perdido y un fortachón llamado “Tetas”. El único problema del guión es un toque sentimental que chirría con el planteamiento gráfico de la obra, porque Hergé para la aventura y el humor bien, pero para lo de los sentimientos más bien no.

Y tiene un dibujo tremendo. Con una línea limpísima, una distribución exquisita de los espacios, una gestualidad notable en los personajes y una gran capacidad para dibujar todo lo que haga falta sin buscarse atajos o disimulos. Es impresionante. Casi tanto como mi hallazgo de un nuevo talento con muchísimos años de oficio. Qué se le va a hacer. Soy un ignorante. pero más vale tarde que nunca.

(Habría sido preferible que Bang optara por una edición en papel satinado, ya que el papel poroso absorbe demasiado el color y en momentos puntuales dificulta la lectura. 

Como ya será obvio, el argentino Juan Sáenz Valiente es casi un desconocido en esta casa. Buscando, he encontrado alguna historieta con Trillo publicada en Francia, unos trabajos en Fierro y bastantes páginas e ilustraciones en la gran revista Orsai (demostrando nuevamente que su editor, Hernan Casciari, sabe lo que hace). Excusaré mi inutilidad al relacionar este trabajo con los anteriores de Valiente en que el hombre cambia de estilo para cada trabajo y ninguno anterior se parecía a éste. También hace televisión y protagoniza un reality raro en su país, llamado Impreso en Argentina, donde recorre las obras puntales de la literatura argentina con intención de adaptarlas a la historieta, y que puede verse aquí. La cosa tiene muy buena pinta y puede que en cuanto reúna tiempo para visionarla, haga una entrada en este blog. Mientras tanto, estaré atento a futuros trabajos de este hombre).

lunes, 10 de febrero de 2014

ALFONSO TABURETE, por Sybilline, D’Aviau y Capucine.


Han sido tres semanas un tanto agobiantes que me han tenido apartado del blog y de otras cosas. Apenas he podido reservar un poco de tiempo para ordenar y tirar papeles; hacer sitio en la almoneda que tengo por casa, que buena falta me hace. Una labor arqueológica de resultados pasmosos. He reencontrado deberes pendientes y listas de propósitos incumplidos, he formado montañas de deuvedés por ver y por colocar y por regalar (porque venderlos no sale rentable, la verdad), he apilado libros que no recordaba haber comprado o que recordaba haberlos comprado hace demasiado tiempo, y he descubierto tebeos que no sabía que tenía, algunos sin leer y otros incluso traducidos por mí, mientras sigo sin encontrar los que sé que tengo pero no sé dónde. También he intentado ordenar los discos duros para ver qué película o serie veo a continuación (a altas horas de la noche, parece), o si paso a consumir las series inglesas que compré en Amazon y que tengo en la estantería de espera. Pero es inútil, no hay orden que valga.

Una vez tiradas algunas pilas de papeles, paso a los discos y los tebeos. El orden de trabajo es el único que me resulta evidente: empezar por el montón que más molesta, para quitarlo cuanto antes de en medio. Por ejemplo, este de tebeos, que tiro cada vez que echo hacia atrás la silla. 

Al examinarlo constato que, por mucho que siga al día en series de televisión (veo dos episodios diarios o una película), hay cierta desincronización entre el quiosco y mis lecturas, como de año y medio. Y algunos de los tebeos con los que más me he divertido últimamente han pasado sin pena ni gloria por las librerías, y casi por la red. No entiendo muy bien por qué se ha hablado-escrito tan poco de ellos, y sí de otros que me parecen directamente peores pese a su notoriedad. Será por modas. O por un buen servicio de prensa. O yo que sé porqué. Y creo que estaría bien reseñarlos aquí, porque creo que merecen otra suerte que no sea quedar enterrados en alguna estantería perdida de un librero, un distribuidor o un editor. Merecen leerse y disfrutarse. Digo yo. Pasemos al primero.

Es muy complicado escribir algo poético, sencillo, mágico, sin que suene forzado o impostado, o quede idiota. No es habitual que un dibujo sea pura simplicidad y que su trazo evidencie talento y años de profesión. Y no es normal que una historia protagonizada por un personaje que es poco más que un monigote te arrastre en una odisea de descubrimiento de su propio ser, del mundo que le rodea y del porqué de su existencia. Todo esto se encuentra en El gran vacío de Alfonso Taburete.

Alfonso nace un día en medio del bosque y recibe su nombre de un Señor que lo ha visto crecer. Y entonces parte en busca del significado de su vida y de la forma de relacionarse con el mundo, en un viaje iniciático doblemente metafórico en el que conocerá numerosos personajes de toda forma y condición, como un ser incompleto por el agujero que tiene en el centro del pecho, una llama que se consume al emocionarse, un calamar mercader, una niña gigante (o no) y otros personajes al uso. Su viaje es divertido, ingenioso e inventivo en escritura y en narración, ideal para todos los públicos. Sobre todo si te interesa la narración gráfica, dada la multitud de recursos y soluciones visuales que utilizan los autores. Una obra tan sugerente como deliciosa.


(En España, y en esta casa, apenas se conoce la breve obra del dibujante Jerome D’Aviau y de la guionista Sybilline, aunque los dos intervinieron en Primeras veces, bonito y curioso libro editado en tiempos por La Cúpula y (¡Oh, sorpresa!) traducido por mí. Capucine, que figura en los créditos para mi desconcierto inicial, es la rotulista del libro en su edición francesa, donde hizo un excelente trabajo que ha tenido su justa correspondencia en la estupenda edición española.

El libro fue editado hace año y medio por Dibbuks, que colgó un video anuncio en Youtube para promoción del mismo. El que yo lo lea por primera vez al cabo de tanto tiempo de su salida me hace pensar en las cosas que habré comprado y que estarán extraviadas en el batiburrillo de casa. Y tiemblo.)

domingo, 12 de enero de 2014

Odd Thomas (2013), Stephen Sommers

Dean R. Koontz es un escritor de Serie B, uno de esos que antes se consideraban, con cierto desprecio, autores de best sellers. Sus libros son de terror-fantasía-ciencia ficción-conspiraciones, siempre ambientados en nuestro tiempo, con una calidad literaria justita, premisas interesantes y resoluciones a veces cuestionables. Hace mucho que no lo leo, pero cuando trabajaba de botones era perfecto para leer en el metro o el autobús mientras recorría Madrid repartiendo billetes de avión. Ágil, rápido, con numerosas sorpresas y un control muy eficiente de la atmósfera y el suspense.

El ser un superventas y de Serie B lo convierte en el autor ideal para ser llevado al cine y/o la televisión. Y así ha sido una docena de veces. Siempre con mala fortuna, y siempre estropeando el material de base de forma notable. Tanto que el autor ha decidido dejar de vender automáticamente los derechos de su obra y ha decidido cederlos sólo cuando cree que hay posibilidades de un resultado decente.

Entonces apareció Stephen Sommers, guionista y director de Deep Rising, y de La momia, notables ejemplos de Serie B que equilibran a la perfección las exigencias del cine de terror y de aventuras con personajes definidos y un notable sentido del humor autoparódico. El aplauso y la taquilla debieron subírsele a la cabeza, porque después de estas dos películas fue olvidándose progresivamente de los personajes y confundiendo ritmo con velocidad para hacer cosas lamentables como El regreso de la momia, Van Helsing y G.I. Joe, cada una peor que la anterior. Las tres tenían buenas ideas y todos los elementos necesarios para ser películas más que decentes, pero se vieron ahogadas por un exceso de acción sin sentido y unos personajes que a los cinco minutos de metraje habían perdido todo su posible carisma (una hazaña con actores como Brendan Fraser, Hugh Jackman o Dennis Quaid).


Mientras esperaba yo con temor su próxima película, ese remake de Cuando los mundos chocan (estupendo clásico del gran Rudolph Maté, por cierto), descubro con sorpresa que ha hecho una película cuyo rodaje había olvidado, Odd Thomas, y que no se ha estrenado en los cines por un pleito entre las productoras responsables de la misma. Es una película basada en un libro de Koontz, cuyo protagonista puede ver fantasmas y se ve impelido a participar en asuntos relacionados con ellos. La película ha ido directamente a DVD, pese a tener un presupuesto y una producción notables. Y, mira, Stephen Sommers parece haber recordado cómo se escribe un guión y cómo se organiza el suspense de una película, porque el producto es bastante decente, incluso muy entretenido (aunque un pelín, sólo un pelín, menos de velocidad le habría venido muy bien).

Odd Thomas, cazador de fantasmas (título español que no sólo es equivocado, al no cazarse ningún fantasma, sino que parece pensado para que huyamos de la película) es un lujo en el actual mercado de blockbusters con argumentos estúpidamente retorcidos y personajes definidos por una única emoción que les dura toda la película. Tiene una premisa clara y sencilla (va a pasar algo terrible, no se sabe el qué, y hay que evitarlo), un guión que complica la historia de forma lógica y unos personajes creíbles (definidos, ¡oh, increíble!, por lo que dicen y hacen). Tiene sentido del humor, suspense, ritmo, y se las arregla para que las muchas sorpresas del guión lo sean y alguna incluso te acompañe después de los títulos de crédito. Siento no apuntar algo más de la trama, pero luego los amigos me acusan de spoilear

Dean R. Koontz ha quedado muy contento del resultado, y eso debería bastar para cualquier consumidor compulsivo de productos de entretenimiento harto de que no lo entretengan. Como yo.

(Por cierto, la película está ahora mismo en alquiler en el videoclub, dvdclub o lo que sea, de la esquina. Dentro de un mes saldrá a la venta. No voy a decir que sea de compra inmediata e inexcusable, pero sí que no me importará tenerla cuando la oferte algún periódico, aunque ya la haya visto varias veces tras “estrenarse” en los muchos canales de nuestra televisión).

jueves, 9 de enero de 2014

Firma Ricardo Machuca


Pásense si pueden, que hará dibujos, todos distintos, y porque estará encantado de hablar con todo el mundo que se pase. Además, es en una librería bastante más que decente y siempre da gusto ver tebeos. Los que quieran conocer mi opinión sobre el tebeo, que vayan aquí. Si no quieren hacer el esfuerzo, les anticipo que a mí me ha gustado.

Sherlock (BBC1)

Siempre me he considerado un buen lector de tebeos o libros, y un buen espectador de películas o series. Por muchos prejuicios que tenga al empezar a leer un tebeo, se me olvidan en cuanto paso la página y empiezo la lectura, aunque no me guste nada el dibujo (un ejemplo de ello podría ser Papel estrujado, que me ha parecido estupendo pese a que el dibujo sea todo lo contrario a lo que busco en un cómic). Y en el cine no me importa, no me doy cuenta, si se nota el reborde verde en las naves espaciales cuando los efectos especiales son ópticos y no digitales. Sólo me salgo de la historia cuando algo no está claro, contradice lo sucedido antes o directamente no me lo creo. Y en ficción me creo casi cualquier cosa, llegando a defenderlo cuando sólo me convenzo a medias: ya lo explicarán más tarde, tenía gracia, igual era un sueño... También me da igual que se toque terreno conocido y/o se traicione el material original, si a cambio me cuenta una buena historia y me lo paso en grande. (El gran problema de las dos peores películas que vi el año pasado, Man of Steel y Dark Knight Rises, no es que no sean fieles al personaje, que no lo son, sino que son dramáticamente ineptas, estúpidamente pretenciosas y de construcción incoherente, pero ya volveré en otro momento sobre esto). Por tanto, considérenme poco purista de cualquier cosa.

Tanto rollo viene a cuento de que me encanta Sherlock, la serie de la BBC que vuelve a obsequiarnos con su presencia tras dos años de espera. Los puristas que no se llevaran las manos a la cabeza con los anteriores capítulos, se la llevarán con los nuevos, donde los casos policiacos se disuelven en la trama principal que es la relación entre Sherlock Holmes (el gran Benedict Cumberbatch) y John H. Watson (el no menos grande Martin Freeman), a los que ahora se une Mary Morstan, futura esposa de Watson (Amanda Abbington, conocida por un servidor gracias a su estupendo trabajo en la exquisita Case Histories). Porque las historias de Arthur Conan Doyle no pertenecen al género policiaco, sino al de aventuras (aunque uno de los protagonistas sea detective), y muchos siguen sin entenderlo. Porque la serie de televisión es más acerca de un detective que de un detective, y esto queda más claro que nunca en las nuevas entregas. Todo ello sin dejar de ser tremendamente fiel al personaje, aunque no solo al de las obras de Conan Doyle.

La serie está definida por cuatro elementos básicos. 

El primero, que uno de los creadores es Steven Moffat, cuyo sentido de la metaestructura literaria y su capacidad para manipular las expectativas del espectador (cualquier espectador) definen el tono general de la serie. Hasta el punto que ha contagiado a los demás guionistas y se ha convertido en el sello de identidad de una serie que se disfruta, entre otras cosas, porque muchas veces no se tiene ni idea de lo que va a pasar a continuación y, cuando se tiene, es para descubrir luego hasta qué punto se estaba equivocado.

El segundo, que el otro co-creador es Mark Gatiss, experto conocedor de géneros literarios y cinematográficos relacionados con lo macabro, y con tendencia a convertir la ironía casi en un género por derecho propio. Su trabajo con tendencia al clasicismo más radical equilibra a la perfección la visión postmoderna de Moffat e impide que a éste se le escape la historia de las manos como le pasa en ocasiones. Hasta el punto que entre los dos han conseguido una serie donde cabe, y es obligada, cualquier referencia que se les ocurra a poemas, cuentos, películas o ilustraciones sobre el tema, por ridícula que pueda ser (los juegos de palabras en inglés sobre los títulos de los cuentos del Canon Sherlockiano son tan atroces que resultan divertidos de puro desparpajo).

El tercero, que el director de los primeros episodios, Paul McGuigan, impuso un tono visual inventivo y moderno, además de sorprendentemente narrativo y ágil en su montaje. Uno de sus aciertos es la utilización de mensajes de texto sobreimpuestos a la imagen, sea para comunicar pensamientos o capturas de ordenador e internet. (De hecho los creadores de la serie son tan conscientes de la presencia de internet que, además de incorporarlo estéticamente a la pantalla y utilizar metáforas visuales para la interacción cibernética, se ríen de las especulaciones de los aficionados sobre cómo se habría salvado Sherlock en “La caída de Reichenbach”, último episodio de la temporada anterior, proporcionando en el primer episodio no una sino tres explicaciones distintas).

Y, finalmente, en cuarto lugar, está el hecho de que el principal referente parece ser Billy Wilder con su magistral La vida privada de Sherlock Holmes, que, como todo el mundo sabe, era una comedia. Hace mucho tiempo que no me reía tanto viendo algo (y eso que sigo The Good Wife, posiblemente la serie más divertida e ingeniosa del momento, mal que le pese a las sitcoms que consumo) y pensando en la cara que se le habrá puesto a los puristas. Eso sí, tanta diversión no presagia nada bueno para el tercer episodio, que anticipo bastante más serio.

Todo ello hace de Sherlock la serie más inteligente, hábil, inventiva y entretenida de los últimos años. Si la edición española en DVD fuera mínimamente decente (que no lo es, y debo conformarme con las que me hago yo), la tendría al lado de Scott Pilgrim contra el mundo. Hace un par de años, un editor me pidió un libro sobre la serie que iba a titularse algo así como “Comunicación en Sherlock. Postmodernismo, metaestructuras e internet”, pero no me consideré preparado. Espero con ansia que a alguien se le ocurra hacerlo por mí. A ser posible, con sentido del humor.

sábado, 4 de enero de 2014

Una página (doble) de Jack Kirby (The Losers)

Todo el mundo sabe, o debería saber, quién es Jack Kirby. La cultura popular actual le debe muchísimo. Participó en la creación de prácticamente todos los personajes principales del Universo Marvel de los años sesenta, que son los que siguen recordándose y reutilizándose hoy en día. Era un dibujante eficaz y hábil, que podría haber sido grande de no exigirle las condiciones laborales de la época una producción brutal para poder llegar a fin de mes (llegó a dibujar una media de 150 páginas mensuales). Era un torrente de ideas y conceptos que su editor y coguionista Stan Lee supo controlar y conducir con acierto. Cuando se marchó de Marvel, para trabajar en la competencia, DC Comics, lo hizo como autor completo, demostrando ser un guionista que acumulaba una idea tras otra aplazando ad aeternum cualquier posible resolución dramática (muchas veces la resolución era otra idea). Pero si las historias eran dramáticamente cojas, las ideas seguían siendo de las que perduran en el recuerdo, y años después siguen tan presentes en el comic-book norteamericano como en el cómic del mundo entero. Véase al respecto la obra de autores como Max, Daniel Torres o Rubin, por citar sólo algunos ejemplos nacionales.

Era un dibujante que, habiendo empezado en el oficio en 1936, en los años sesenta y setenta desarrolló una estilización y una síntesis gráfica notables que servían a la perfección a su sentido inusual de la composición y la puesta en escena. Muchas de sus páginas son dignas de estudio y seguramente volveremos a verlas por aquí. Pero siempre he sentido una admiración especial por esta doble página.

Pertenece al número 160 de Our Fighting Forces. Es una historia protagonizada por The Losers (Los perdedores), personajes creados por el excelente guionista Robert Kaniguer. Era un cómic antibélico (publicado en plena era del Vietnam) sobre las andanzas de un pelotón con mala suerte, cuyos miembros eran conocidos de otras publicaciones bélicas de la casa. Jack Kirby se hizo cargo de los personajes durante doce números. La historia de este número empieza con un soldado ruso hablando con un oficial nazi mientras prepara su ametralladora. Al pasar la página nos encontramos con la imagen que nos revela para qué.

Pensemos primero que el sentido de la lectura es de izquierda a derecha. Así leemos los libros, así miramos un dibujo y así vemos también películas (uno de los motivos por los que nos chocan las películas orientales es que el movimiento visual suele ser de derecha a izquierda, al revés que en occidente). 

En esta doble página, tenemos, de izquierda a derecha: personas muertas y caídas en el suelo, personas ametralladas, personas asustadas, personas resignadas y personas desafiantes, todas encaradas a un enemigo de fuera de la viñeta (el ruso de la ametralladora) y del que sólo vemos las líneas cinéticas de los disparos y el impacto de las balas. Normalmente esto sería una secuencia de cinco viñetas, y en orden temporal inverso: desafío, resignación, miedo, impacto, muerte. Cada viñeta sería, por el mero hecho de ser una viñeta, un momento temporal diferente. Aquí, esas cinco viñetas son un único instante simultáneo, congelado, paralizado y prolongado por el texto y la densidad de la imagen. 

Kirby compone la doble página con líneas curvas que confluyen en el inicio de la secuencia, o sea el final de la página y de su teórica lectura. Al abrir la doble página, el lector ve la imagen al completo para centrarse un instante después en el punto focal de la escena y luego retroceder para ver el resto. El impacto inicial es tremendo, y sólo una vez asimilado éste, puede pasar el lector a leer textos e imagen y comprender todos los detalles de la escena, para luego volver a mirar inevitablemente (la composición así lo impone) el punto focal de la derecha, formando un bucle cerrado visual y narrativo.

Kirby no es un autor naturalista, su campo es la imaginación y la aventura, pero sabe ser dramático y efectivo y dejar bien claro de qué lado debe ponerse el lector. ¿Y qué mejor manera que con una imagen que nos hace ver una y otra vez a las víctimas?