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sábado, 12 de julio de 2014

El hombre de tu vida (Telefé), 2011-2012

La televisión norteamericana domina la red y los medios. De vez en cuando, alguien se acuerda de las producciones británicas, pero sólo de los pelotazos tipo Broadchurch o Sherlock, o de productos equivocadamente calificados de frikis como Doctor Who. Últimamente, gracias a títulos como Bron/Broen (El puente) o Forbrydessen (en castellano The Killing, vete a saber porqué), la gente se va acordando de que el norte también existe. A veces se habla de series francesas como Maison Closé o Braquo, o la reciente y aplaudida Les revenants, pero poco más. Está de moda hablar de la italiana Gomorra, por aquello de la película y de que el autor del libro tiene la cabeza puesta a precio, y que siempre mola hablar de una serie seria, aunque no la hayas visto. En el resto del mundo no hay televisión, o eso parece. Pero, miren por dónde, sí que hay. Por ejemplo, en Argentina.

Argentina es un ejemplo de cómo suplir la escasez de medios con talento e ingenio. Algunos de sus productos, como las brillantes Los simuladores y Hermanos y detectives, ambas del gran Damian Szifron, son un claro ejemplo de ello, y sólo se han visto por aquí en forma de remake descafeinado. (Busquen el original, no se arrepentirán). Pero encontrar material argentino en la red es complicado, y lo de conseguir material en DVD da auténtico sentido a la palabra ignoto. Menos mal que, buscando, buscando, en la red puede encontrarse alguna que otra joya. Muchas veces por pura casualidad.


El hombre de tu vida es una de esas joyas que no parece conocer nadie. Producida por Juan José Campanella, que además la escribe con Marcela Guerty y un equipo de guionistas, se centra en Hugo Bermúdez (Guillermo Francella), un buen tipo que ha criado solo a su hijo adolescente y que acaba de quedarse en paro. Su prima Gloria (Mercedes Morán), que lleva una agencia matrimonial bastante irregular, le ofrece un trabajo de pretendiente. Es decir, le organizará una cita con mujeres a las que deberá enamorar y luego desencantar. Así la agencia tendrá movimiento, él un trabajo y las mujeres con las que se cite una inyección de autoestima que les vendrá muy bien (son ellas las que romperán con él, al descubrir que su príncipe azul les ha salido rana). Hugo acepta muy a pesar suyo, cuestionándose la ética de la situación, pero movido por la falta de dinero. En cada episodio veremos a una mujer distinta, al tiempo que vemos crecer al hijo de Hugo, conocemos la nefasta relación sentimental de Gloria y sonreímos al ver la evolución de la posible relación sentimental de Hugo con Silvina (Malena Pichot), una profesora de su hijo. Como elemento añadido tenemos al padre Francisco (Luis Brandoni), un cura muy peculiar que sirve de frontón espiritual (y nada moralista, ojo) a Hugo.

Un desfile de actrices maravillosas, desde estupendas debutantes como Maricel Cruz a memorables veteranas como Graciela Borges, remata una serie en estado de gloria, bien escrita, dirigida e interpretada y donde se consigue hasta el milagro literario de que un adolescente (y argentino) parezca una persona normal, simpático y creíble (algo prodigioso en este país donde cuesta ver una producción española que tenga un adolescente al que no echarías a patadas de tu casa). Es puro disfrute, cuyo único punto negro es un final algo insatisfactorio al no rematarse ninguna trama y dejar la historia abierta para una tercera temporada que no llegó por motivos a los que no tengo acceso.

Se la he prestado a varios amigos y todos han quedado encantados, pese a la reticencia inicial de que esté “hablada en argentino”. Y si menciono ahora esta serie de dos temporadas (24 episodios) de 2011 es por haberla descubierto en youtube (pinchando en el enlace), y me niego a que mis allegados y yo parezcamos ser los únicos en disfrutarla. Así que, ahí la tienen. Que los pocos que aún me siguen tras estos meses de ausencia prueben a ver. Bueno, los demás también. Me lo agradecerán. 

(Por cierto, en youtube pueden encontrarse bastantes series argentinas de interés, como las citadas anteriormente y otras como Todos contra Juan y Okupas), por citar alguna más.)

jueves, 10 de julio de 2014

Lou Grant (CBS), 1977-1982

Recuerdo una noche de enero de 1991 en la que se emitía Lou Grant en Antena 3. Por la noche, a un horario decente (eran otros tiempos). El episodio de turno era “Impensable”, y trataba de un conflicto en Oriente Medio que podía desembocar en una guerra entre Estados Unidos y la URSS (contado en paralelo con una historia sobre una chica que había sufrido graves quemaduras en un accidente de autobús). Recuerdo que flipé mucho porque justo entonces Bush iniciaba la Guerra del Golfo, y por un momento me pareció ver los entresijos del telediario que habían puesto antes. Todo estaba ahí, en la forma en que Lou Grant y sus redactores de la Tribuna (y supongo que, también, los del telediario español) seguían las noticias y buscaban información para dar contexto a lo que iban a contar a sus lectores (o espectadores), luchando para que los acontecimientos no hicieran vieja la noticia de diez minutos antes. Fue un momento metalingüístico sorprendente. 

A continuación tocaba un programa de actualidad, con periodistas o así (a Lou Grant no se parecían, no) perorando sentados a una mesa y que solía prolongarse hasta altas horas de la madrugada. Resultó que estaban tan alucinados como yo con el episodio de Lou Grant, y el director del programa, creo que Buruaga (¿ven como no se parecía a Lou Grant?), dijo que el episodio de la serie era el que tocaba, que había sido una sorpresa y que no lo habían elegido a propósito para que coincidiese con el tema del momento. Fue uno de esos momentos en los que uno se da cuenta de que hay obras y obras


La serie nació en 1977 y muriò en 1982 por el descenso de audiencia y porque Ed Asner, el actor que encarnaba a Lou Grant, aprovechó la popularidad que le daba la serie para hablar en favor de diversas causas izquierdosas, cosa que al canal (CBS) no le gustó nada de nada. Fueron cinco temporadas inspiradas en sucesos del momento, pero contados de forma atemporal y, por tanto, triste y eternamente actuales. Periodistas que falsean datos o apoyan a un político, el neonazi que resulta ser judío, la esposa maltratada que no delata al marido, la paranoia de estar vigilado por el gobierno... Todo parecen noticias de hoy mismo. La serie sigue siendo actual, válida y muy disfrutable, por mucho que te choque algo su aspecto visual, su fotografía y su imagen de otros tiempos. Lo único que sí queda anticuado o irreal es su retrato de una redacción de periódico donde lo único que importa es la veracidad y la ética del oficio. Aunque si pensamos que la actual The Newsroom de Aaron Sorkin es igual de irreal, igual el adjetivo adecuado sería “utópico”. Por algo inspiró a tantos jóvenes a dedicarse al periodismo.

El episodio de “Impensable” pertenece a la quinta temporada, y ya me habría pedido el DVD de todas las temporadas si existiera. Pero, no sólo en el servicio de compra por episodio de Amazon, que te da el episodio a pelo sin subtítulos ni nada. O sea, que no hay. Por tanto, para verla hay que recurrir al emule. Gracias a ello he podido ver la primera temporada de esta pequeña joya. Me muero por volver a ver ese episodio del que tengo tan bien recuerdo. A ver cómo se me da bajar los siguientes episodios, aunque tengo pocas esperanzas.

(Reanudo este blog tras una temporada complicada en lo personal y lo profesional, con la esperanza de publicar algo cada dos días, como mínimo. Es una idea. A ver si lo consigo o no. Esta entrada debía haberse publicado hace unos diez días, para dedicar esta semana a publicar cada día (¡cada día!) algo relativo al género negro (cómic, novelas, series...) coincidiendo con la Semana Negra de Gijón. No ha podido ser. Y menos ahora que me voy precisamente para allá.

Así que, a ver si nos leemos en dos días, y consigo revivir este blog que tuve que abandonar prácticamente apenas empezado.)


jueves, 24 de abril de 2014

The Worricker Trilogy

Hace tres años vi Page Eight (Página ocho) dividido entre la maravilla y el pasmo (y algo de agobio porque llegaba tarde a la comida de navidad en familia, pero esa es otra historia). La descubrí por casualidad, como pasa siempre en la red, mientras miraba yo que sé qué otra cosa. Me desconcertó la existencia de una película desconocida para mí en la que aparecieran Bill Nighy y Rachel Weisz, donde también salían Michael Gambon y Alice Krige y Judy Davis y Ralph Fiennes y otra gente menos conocida pero de talento sobradamente probado. Resultó que si no conocía la película era por ser de televisión. De la BBC, para más señas. Por tanto, pertenece a ese limbo donde se pierden las miles de películas televisivas que se hacen y que sólo se descubren cuando salen a traición en DVD o te las pone Antena 3 los fines de semana de tres en tres (¿quién podía imaginar que hubiera tantas películas alemanas espantosas en la televisión idem? Yo, por mi parte, era más feliz antes de saberlo o encontrármelas durante la merienda).


Al ver Page Eight, me pasmó que pudiera haber una película de espías donde la gente hablase, no se peleara ni se disparara y se escapara andando deprisa, no corriendo. Me maravilló que se pudiera dialogar tan bien, de forma teatral, falseando la naturalidad, pero TAN bien. Así deberían ser todos los diálogos de las películas y las novelas y los tebeos del mundo: ingeniosos, divertidos, inesperados, huyendo de lugares comunes, comunicando al espectador información que los personajes saben al tiempo que estos se enteran de cosas nuevas, sin horrendas frases informativas tipo “tú, como carpintero, ya sabrás que el martillo se coge por el mango”. Y todos los actores deberían ser como Bill Nighy, o como Michael Gambon, o como cualquier otro de esta película, que dicen las frases como si se les acabaran de ocurrir.

La trama es complicada, y no vamos a adelantarla aquí, pero la historia es relativamente simple: Johnny Worricker (Bill Nighy) es un espía, un analista de información que trabaja en horario de oficina, que se ve arrastrado por su superior y amigo a defender su oficio y su “empresa” hasta las últimas consecuencias. De paso se habla de la lucha por el poder, la manipulación y ocultamiento de la información, la guerra contra el terror, y de que no es lo mismo saber que confirmar. Cosas poco actuales, vamos. Y todo ello contado de forma sutil, discreta, solapada. Nada se explicita sino que se insinúa, y al espectador le corresponde deducir y entenderlo por su cuenta, por ejemplo comprender a la hora de metraje a qué venía el exabrupto del minuto quince, ya que se le considera inteligente y capaz. Un detalle que se muestre tanto respeto hacia nuestra persona.

Es una película enormemente estilizada, no realista, y puede a que a muchos les parezca inverosímil, o que no pasa nada, o que es una chorrada. Para gustos están los colores, y a mí me gustan los de esta película. Afortunadamente, no soy el único, ya que tuvo tanto éxito que la BBC encargó a su director y guionista David Hare que la continuara. Y este decidió hacer dos películas y formar una trilogía bastante coherente para empezar con una película que no esperaba ser continuada. 

La BBC emitió el resultado hace menos de un mes, y está compuesto por Turks and Caicos (Turcas y Caicos, por las islas del mismo nombre) y Salting the Battlefield (Sazonando el campo de batalla), donde además de los actores citados aparecen gente desconocida como Christopher Walken, Winona Ryder, Rupert Graves y Helena Bonham Carter. Dediqué un día de estos últimos meses agobiantes (en que apenas he podido terminar alguna entrada para este blog) a relajarme y disfrutar un poco. Y las continuaciones no desmerecen nada de la película original, y disculpen que no diga nada más de ellas porque sería revelar spoilers de la primera película. Lo importante es que el resultado sigue siendo una abrumadora exhibición de ingenio y talento. Diversión inteligente en grado puro. Recomiendo encarecidamente las tres.



(A pesar de que el Imdb ofrece un título en castellano para la primera película -Entre líneas-, no hay versión española que yo sepa. Igual algún día nos la emite Antena 3 entre una película canadiense sobre adolescentes que caen en el submundo del alcoholismo y un plagio alemán de La jungla de cristal. Mientras tanto, se pueden buscar las tres películas en la red o comprarlas aquí, en Amazon, como siempre, o ambas cosas. Con subtítulos sólo en inglés, claro. Para la primera película se encuentran por internet subtítulos en castellano, aunque la sutileza de los diálogos es mala compañera para el traductor aficionado, y hay cada uno que... Aquí recomendamos los de Argenteam, que, como es habitual en esa página, son bastante decentes y no suelen tener errores flagrantes. Para las otras dos películas, pues... sólo en inglés; habrá que esperar a que algún alma caritativa ponga manos a la obra.)

viernes, 28 de marzo de 2014

True Detective (HBO, 2014)

Alterno la lectura de NOS42, de Joe Hill (que está bien pero de momento no mata), con la de True Detective, de Nic Pizzolato, posiblemente la serie televisiva más literaria que he visto nunca. En su estructura, en sus imágenes, en sus metáforas, en sus desvaríos y digresiones, en la forma en que la acción se aparta de la trama para centrarse en los personajes... Porque esta investigación policiaca en ocho entregas no es sino el retrato de dos detectives que son amigos a su pesar y a los que vemos evolucionar a lo largo de diecisiete años. La investigación de asesinato es el telón de fondo, la excusa más bien, de una historia con ribetes metafísicos sobre el bien y el mal. 

Un asesinato, o varios, porque pronto resulta ser el único visible de una larga serie de ellos con motivaciones oscuras, literarias, perversas, simbólicas... Una investigación contada (e interpretada, ojo) de forma orgánica desde su inicio en 1995, pero mediante un interrogatorio del FBI en 2012 que enmarca la acción y aúna en un mismo relato la visión del mundo, nihilista y enloquecida, del detective prodigio Rust Cohle (Matthew McConaughey) y la de negación conformista de su compañero Marty Hart (Woody Harrelson). Interrogatorio este que también sirve de contrapunto a todo el relato, revelándonos lo que ocultan y no ocultan los dos amigos, qué mentiras cuentan y contaron, y cuánto se respetan mutuamente pese a estar distanciados por algo que sucedió en 2002.

Todo ello ambientado en una Louisiana decadente, abandonada, que respira maldad y podredumbre humana, donde túneles olvidados adquieren resabios de siniestra ciudad perdida, casas desatendidas que son madrigueras, y habitantes casi lovecraftianos. Todo ello en un tono negro e introspectivo que (me) recuerda a los libros de John Connolly, aunque aquí Pizzolato recurra a Ambrose Bierce y a Robert W. Chambers, en vez de a Stephen King. Y con un toque de Nietzsche en las disquisiciones de Cohle. 

Esta historia de redenciones y autojustificaciones, acerca de dos hombres, “uno que sabe quién es y otro que no lo sabe”, parafraseando a Maggie Hart, está rematada con un sugerente prólogo en forma de espléndidos títulos de crédito (debidos al estudio Elastic), ilustrada por una dirección notable de Cary Fukunaga y una fotografía espléndida de Adam Arkapaw, puntuada por unas interpretaciones que nunca bajan de lo superlativo, y con el colofón de una interesante dirección musical que huye de lugares comunes. El resultado es excelente, aunque, como en los buenos libros, no satisfaga a todo el mundo al atarse la trama sólo donde es necesario, prescindiendo de explicar y justificar los muchos vuelos literarios de la trama.
(Por aquí siempre hemos tenido en buena consideración a Matthew McConaughey, no así a los papeles que interpretaba. Es buen actor desde que le veíamos en Lone Star y en Contact. Otra cosa es que después eligiera convertirse en estrella de cine y se haya pasado más de una década haciendo truños de gran estudio sólo visibles cuando en la otra cadena está Sandro Rey inventando predicciones. Últimamente parece haber decidido que igual mola ser actor y ha optado por hacer papeles interesantes, despertando la admiración y el entusiasmo del respetable. Su papel aquí es el más agradecido, gesticulante, desbarrado del payaso faltón, y eso hace sombra a un Woody Harrelson que aguanta de forma notable el tipo en su papel de Augusto. Por no decir que todos están inmensos, desde la estupenda Michelle Monaghan a mi apreciado Paul Ben-Victor, pasando por la indescriptible (me faltan manos) Alexandra Daddario).

jueves, 13 de febrero de 2014

Pilotos televisivos

Suelo estar bastante al día de lo que se hace en televisión, y como los amigos me dan la murga, y me preguntan qué les sugiero, voy a repasar algunas novedades recientes. Sólo a partir de los pilotos. Para que sepan lo que les espera. 


Intelligence (CBS): No tiene. El nivel de escritura es pedestre como poco. A su lado, Se ha escrito un crimen es de la HBO. Es como un remake de El hombre de los seis millones de dólares, solo que las chupas que llevaba entonces Lee Majors eran más chulas. A un miembro de Delta Force le ponen un chip en el cerebro que le permite acceder a todo tipo de información y montarla mentalmente como si fuera un puzzle, lo cual lo convierte en una superarma para realizar misiones difíciles. O sólo complicadas, no lo tengo claro. Los protas son Josh Holloway (Sawyer en Perdidos) como chip humano, Marg Helgenberger (Catherine Willows en CSI) como su jefa, y Meghan Ohry (Caperucita Roja en Érase una vez) como su guardaespaldas. Esto no lo salva ni Caperucita Roja, que encima va todo el tiempo con pantalones. No creo que pase de los trece episodios, a no ser que al canal le vaya muy pero que muy mal en sus otras series. Y no, con ese equipo de guionistas no puede mejorar. En España empezó a emitirla FoxCrime la semana pasada.

Almost Human (Fox): La mediocridad hecha alta definición cortesía de un señor tan válido como J.H. Wyman, que cuenta en sus créditos con la desigual pero interesantísima Fringe y ese thriller triste que es La venganza del hombre muerto (película sorprendente, a la que sólo le sobra un tiroteo final a lo Jungla de cristal, que no tiene nada que ver con lo que pasa en los cien minutos anteriores). Ciencia ficción con policía cascarrabias y pierna artificial que resuelve casos futuristas de hace veinte años con la ayuda de su compañero, un robot descatalogado y simpático. Aunque lo parezca, no está basado en nada de Isaac Asimov, que de estarlo se revolvería en su tumba. Es todo tan mediocre que no se sabe si hay posibilidad de mejora en el futuro. Karl Urban y James Ealy hacen lo que pueden con el material que les dan sin conseguir levantar el resultado. También sale la gran Lili Taylor, pero no sé para qué ni porqué (probablemente para pagar las letras de la piscina, o algo así, lo cual me parece muy digno, ¿eh?). Los que quieran aburrirse pueden verlo en AXN,


Helix (Syfy): En una base de la Antártida hacen terribles manipulaciones secretas y genéticas. Pero se les escapa un virus y, a pesar de que todo es muy secreto, llaman a los del CDC para ver lo que pueden hacer. Parece que poco, ya que allí todo el mundo miente, traiciona a los demás y oculta algo, porque lo que pasó es secreto. Esto a pesar de que la palmarán si los del CDC no saben lo necesario para crear un antivirus y atajar la plaga. Hay momentos efectistas, actores de segunda, dirección regularcilla y la cosa se hace llevadera sólo por la curiosidad de ver cómo acaba, y más cuando, teóricamente, sólo serán trece episodios. Ignoren el hecho de que en los créditos aparece el nombre de Ronald D. Moore (sigan el enlace y vean porqué es un señor a considerar, aunque no siempre bien), porque aquí no escribe nada y debió limitarse a presentar el proyecto al canal junto con otros dos (que también le aprobaron, por cierto). Mi hermano lo resumió muy bien en un WhatsApp: “Y Helix es normalita; muy poco profesionales los del CDC”. Supongo que la emitirá Syfy un día de estos.


The Musketeers (BBC1): Adrian Hodges, creador de Primeval (Invasión jurásica o Mundo primitivo, dependiendo de la cadena que lo emitiera aquí), hace una de mosqueteros. Coge los personajes y el ambiente de Alejandro Dumas y los convierte en protagonistas de una serie semanal, con los mosqueteros del título frustrando semana a semana los complots de Richelieu y sus secuaces. Ambientación exquisita, guión funcional, dirección artística tan buena como era de esperar, y completamente olvidable si no se tiene una fijación personal por los mosqueteros y esas cosas. Yo la tengo por los dinosaurios y me lo pasaba en grande con Primeval hasta que se marchó Hodges (luego empeoraría un tanto), pero siempre fui consciente de que era una serie de capturar al dinosaurio de la semana, competente y poco más, por geniales que fueran los bichinos animados por ordenador. Así que, decidan. No sé cuándo la pondrán en España, ni en qué canal, pero seguro que cae en alguno (apuesto por Boing).


True Detective (HBO): Siguiendo la tendencia de thrillers lentos que nos invade de un tiempo a esta parte (véase The Fall), este es serio, pausado y profundo. Casi como uno sueco (véase The Killing). Crímenes siniestros en una Norteamérica desolada al estilo de Andrew Wyeth y Edward Hopper (aunque hecho de menos los planos generales clínicos que habría utilizado un director europeo para situar mejor el grado de abandono y alienación del paisaje). Muy bien escrita por Nic Pizzolatto (sólo conocido por escribir antes una novela, que, ahora que caigo, debería comprarme), dirigida de forma brillante por Cary Fukunaga y estupendamente interpretada por Woody Harrelson y Matthew McConaughey, es una de esas series que prefieres tener completa antes de verla. Es muy improbable que el señor que escribe este primer episodio la cague mucho en los siguientes. Sólo podría malograrse si se pasa de pedante o pretencioso, peligro del que es consciente, pero hasta eso sería perdonable y seguiría valiendo la pena verla. Notable, oigan. La está emitiendo el Plus, primero subtitulada y dos semanas después doblada..

La caza - The Fall (BBC2): La única serie reciente a la que le traducen el título y van y lo cambian. Día a día de una inspectora de policía (una grandísima Gillian Anderson) y de un asesino en serie (impecable Jamie Dornan) abocados a enfrentarse. Aviso que pese a lo que sospechen tras leer la frase anterior esta serie es lo menos parecido a un episodio de Mentes criminales que puede imaginarse. Sobria, densa, reposada, detallista, huyendo de efectismos gratuitos y machistas, con una escritura cuidada y concisa. Cinco episodios exquisitos, con el final más frustrante que he vivido en mucho tiempo, casi de cine de los setenta. Confieso que no me limité al piloto y que la vi completa el año pasado, y si la menciono aquí es porque esta semana, esta misma noche, empieza a emitirse en AXN, coincidiendo con el rodaje de una segunda temporada que, espero, hará menos frustrante el final de la primera. El guionista es Allan Cubitt, conocido en esta casa por haber escrito un Principal sospechoso y la película Sherlock Holmes y el caso de la media de seda. Es tan buena que se merecería una entrada entera de este blog. O un libro. Igual cuando vea la segunda temporada...

En unos días más pilotos.

jueves, 9 de enero de 2014

Sherlock (BBC1)

Siempre me he considerado un buen lector de tebeos o libros, y un buen espectador de películas o series. Por muchos prejuicios que tenga al empezar a leer un tebeo, se me olvidan en cuanto paso la página y empiezo la lectura, aunque no me guste nada el dibujo (un ejemplo de ello podría ser Papel estrujado, que me ha parecido estupendo pese a que el dibujo sea todo lo contrario a lo que busco en un cómic). Y en el cine no me importa, no me doy cuenta, si se nota el reborde verde en las naves espaciales cuando los efectos especiales son ópticos y no digitales. Sólo me salgo de la historia cuando algo no está claro, contradice lo sucedido antes o directamente no me lo creo. Y en ficción me creo casi cualquier cosa, llegando a defenderlo cuando sólo me convenzo a medias: ya lo explicarán más tarde, tenía gracia, igual era un sueño... También me da igual que se toque terreno conocido y/o se traicione el material original, si a cambio me cuenta una buena historia y me lo paso en grande. (El gran problema de las dos peores películas que vi el año pasado, Man of Steel y Dark Knight Rises, no es que no sean fieles al personaje, que no lo son, sino que son dramáticamente ineptas, estúpidamente pretenciosas y de construcción incoherente, pero ya volveré en otro momento sobre esto). Por tanto, considérenme poco purista de cualquier cosa.

Tanto rollo viene a cuento de que me encanta Sherlock, la serie de la BBC que vuelve a obsequiarnos con su presencia tras dos años de espera. Los puristas que no se llevaran las manos a la cabeza con los anteriores capítulos, se la llevarán con los nuevos, donde los casos policiacos se disuelven en la trama principal que es la relación entre Sherlock Holmes (el gran Benedict Cumberbatch) y John H. Watson (el no menos grande Martin Freeman), a los que ahora se une Mary Morstan, futura esposa de Watson (Amanda Abbington, conocida por un servidor gracias a su estupendo trabajo en la exquisita Case Histories). Porque las historias de Arthur Conan Doyle no pertenecen al género policiaco, sino al de aventuras (aunque uno de los protagonistas sea detective), y muchos siguen sin entenderlo. Porque la serie de televisión es más acerca de un detective que de un detective, y esto queda más claro que nunca en las nuevas entregas. Todo ello sin dejar de ser tremendamente fiel al personaje, aunque no solo al de las obras de Conan Doyle.

La serie está definida por cuatro elementos básicos. 

El primero, que uno de los creadores es Steven Moffat, cuyo sentido de la metaestructura literaria y su capacidad para manipular las expectativas del espectador (cualquier espectador) definen el tono general de la serie. Hasta el punto que ha contagiado a los demás guionistas y se ha convertido en el sello de identidad de una serie que se disfruta, entre otras cosas, porque muchas veces no se tiene ni idea de lo que va a pasar a continuación y, cuando se tiene, es para descubrir luego hasta qué punto se estaba equivocado.

El segundo, que el otro co-creador es Mark Gatiss, experto conocedor de géneros literarios y cinematográficos relacionados con lo macabro, y con tendencia a convertir la ironía casi en un género por derecho propio. Su trabajo con tendencia al clasicismo más radical equilibra a la perfección la visión postmoderna de Moffat e impide que a éste se le escape la historia de las manos como le pasa en ocasiones. Hasta el punto que entre los dos han conseguido una serie donde cabe, y es obligada, cualquier referencia que se les ocurra a poemas, cuentos, películas o ilustraciones sobre el tema, por ridícula que pueda ser (los juegos de palabras en inglés sobre los títulos de los cuentos del Canon Sherlockiano son tan atroces que resultan divertidos de puro desparpajo).

El tercero, que el director de los primeros episodios, Paul McGuigan, impuso un tono visual inventivo y moderno, además de sorprendentemente narrativo y ágil en su montaje. Uno de sus aciertos es la utilización de mensajes de texto sobreimpuestos a la imagen, sea para comunicar pensamientos o capturas de ordenador e internet. (De hecho los creadores de la serie son tan conscientes de la presencia de internet que, además de incorporarlo estéticamente a la pantalla y utilizar metáforas visuales para la interacción cibernética, se ríen de las especulaciones de los aficionados sobre cómo se habría salvado Sherlock en “La caída de Reichenbach”, último episodio de la temporada anterior, proporcionando en el primer episodio no una sino tres explicaciones distintas).

Y, finalmente, en cuarto lugar, está el hecho de que el principal referente parece ser Billy Wilder con su magistral La vida privada de Sherlock Holmes, que, como todo el mundo sabe, era una comedia. Hace mucho tiempo que no me reía tanto viendo algo (y eso que sigo The Good Wife, posiblemente la serie más divertida e ingeniosa del momento, mal que le pese a las sitcoms que consumo) y pensando en la cara que se le habrá puesto a los puristas. Eso sí, tanta diversión no presagia nada bueno para el tercer episodio, que anticipo bastante más serio.

Todo ello hace de Sherlock la serie más inteligente, hábil, inventiva y entretenida de los últimos años. Si la edición española en DVD fuera mínimamente decente (que no lo es, y debo conformarme con las que me hago yo), la tendría al lado de Scott Pilgrim contra el mundo. Hace un par de años, un editor me pidió un libro sobre la serie que iba a titularse algo así como “Comunicación en Sherlock. Postmodernismo, metaestructuras e internet”, pero no me consideré preparado. Espero con ansia que a alguien se le ocurra hacerlo por mí. A ser posible, con sentido del humor.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Doctor Who (BBC1)

Piso la calle Bailén a cosa de las siete de la tarde, pero bien podrían ser las diez con ese cielo encapotado y la lluvia del día anterior todavía presente. Hoy es navidad, día de Doctor Who. Vuelvo a casa de una reunión familiar que debía haber durado una noche, pero que se ha prolongado durante día y medio. El ambiente es frío y hay luces ante un Palacio Real que parece estar de reformas. El ayuntamiento ha puesto un tiovivo de dos pisos y una pista de patinaje en la Plaza de Oriente. Lo que sea para sacar pasta, pero en este caso me parece bien. La gente disfruta, los niños se lo pasan en grande...

El niño que llevo dentro disfrutará cuando llegue a casa y consiga bajarse el especial de navidad del Doctor Who. Ver cualquier episodio de Doctor Who por primera vez es volver a tener ocho años y estar en el cine disfrutando con El ladrón de Bagdad, de Alexander Korda, con alfombras voladoras, arcos mágicos y genios malvados. Es estar en casa de un amigo viendo acojonado Planeta Sangriento, de Curtis Harrington, y encogiéndome en el sillón mientras los tripulantes de la nave van muriendo uno a uno sin que los supervivientes, los muy idiotas, sospechen que los mata la tía rara que han rescatado de la nave estrellada. Y que encima va poniendo huevos que intentarán apoderarse de la humanidad después del “The End”. Aterrador. 

El Doctor Who es todo eso y más. Es fantasía desatada dirigida a todos los públicos, al niño de ocho años que llevamos todos dentro, y escrita por adultos que rememoran a su héroe de infancia. Unos lo recuerdan aterrador, otros aventurero, otros divertido, otros absurdo e incoherente. Es todo eso a la vez y más. Cuando yo empecé a verlo, me pillaba de nuevas. Mi único recuerdo de él era que usaba bufanda y que su cabina telefónica aparecía en una estación espacial abandonada de la que se habían adueñado unos peligrosos gusanos gigantes hechos de plástico de pompitas, algunas reventadas ya de tanto arrastrarse por el suelo. También recuerdo que los guiones eran curiosos, pero esos episodios los emitía Telemadrid en unas condiciones que era imposible que resucitaran a mi niño de ocho años. Tampoco lo consiguieron en su momento las películas que hizo Peter Cushing con el personaje (completamente fuera de canon, por cierto), a pesar de que sólo tenía un par de años más de los ocho.

Afortunadamente, siempre me ha dominado la curiosidad por casi todo, y aproveché que se estaba emitiendo la segunda temporada de una nueva versión del personaje para enterarme de qué era eso que veía en las tiendas de cómic cuando iba a Londres o en las revistas británicas de cine fantástico. Al fin y al cabo era una serie de ciencia-ficción, ¿no? Eso bastaba para mí. Probé con el primero. Presentación del personaje y de Rose Tyler, la compañera que será los ojos del espectador y que irá mostrando su mundo a los nuevos conversos, o sea, a mí. Vale. Era intrigante, estaba bien, aunque los malos, unos maniquíes de plástico, no me parecieron muy terribles. Sólo daban algo de mal rollo. En el segundo, el Doctor y Rose viajaban al futuro para incorporarse a una grupo de turistas que acudía a presenciar la destrucción del planeta Tierra (al son de una canción de Britney Spears, por cierto) cuando el Sol entrase en supernova. Vale. La cosa iba mejorando. Luego vino uno con fantasmas y con Dickens, después dos con extraterrestres que se tiraban pedos, y para el sexto, donde se presentaba a los Daleks, enemigos eternos del Doctor, ya me tenía ganado. Tres episodios después tocaba “El niño vacío” (escrito por Steven Moffat, uno de mis guionistas televisivos favoritos), que me deja alucinado y hecho polvo, por no decir que además acaba en un continuará de lo más siniestro. Huérfanos robando comida en las casas cuando la gente huye a los refugios durante el Blitz, un niño terrible que se pasea por las calles desiertas diciendo: “¿Eres tú mi mamá?”, zombis con máscaras de gas por cara... Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto pasándolo tan mal. 



















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El Doctor Who es una serie para niños que también busca el disfrute de los adultos. Tiene drama del bueno, un humor que puede ser tanto verbal como surrealista como slapstick, y, sobre todo, tiene acción, mucha acción, con gente corriendo todo el rato. Sus historias pueden ser de fantasmas, o de invasiones extraterrestres, o de viajes en el tiempo, o románticas, o de ciencia-ficción, o de suspense, o de terror. Todo vale para el Doctor, salvo que al buscar también el disfrute adulto, además debe ser inteligente, e ingeniosa, y que se note escrita por un adulto. El Doctor es pacifista y no usa armas, pero en sus episodios para todos los públicos muere más gente que en muchas series sólo para adultos. Porque los niños tampoco son tontos.

Y el taciturno Doctor, que al principio estaba interpretado por Christopher Eccleston, se regeneró en una versión más intrépida interpretada por David Tennant, y a la versión que cada guionista tenía del Doctor se unió la de cada actor. Después vendría la versión de viejo loco del joven Matt Smith, y esta noche, en este especial de navidad, Steven Moffat, responsable actual de la serie, cierra la tercera etapa de este Doctor, para presentar la próxima versión, la de Peter Capaldi, cuyas andanzas empezaremos a ver en otoño.

Esta tercera etapa de tres años ha sido discutible porque Moffat es en exceso cerebral, tiende a complicar demasiado las tramas, y no es buen supervisor de guiones ajenos. Russell T. Davies, el anterior responsable, el culpable de la actual resurrección del personaje, era mejor en ese trabajo, controlaba con más acierto a sus guionistas, y supo dotar a toda su etapa de un tono emotivo y sentimental bastante satisfactorio, pese a mandar muchas veces a paseo el desarrollo racional del relato. Se le criticaba mucho por esto, olvidando que estaba entregando una serie estupenda para niños de ocho años y que el que le gustara o no a un friki de treinta era tan accidental como premeditado. Los principales destinatarios siempre han sido los niños de ocho años. Como yo.

En todo Doctor Who hay episodios buenos, episodios geniales y episodios de los que sólo puedes salvar el principio, pero no el final. Desgraciadamente, la etapa de Moffat ha abundado en estos últimos. Te lo pasas en grande mientras los ves, hasta que el adulto que hay en ti se da cuenta de que algo no va bien, o de que faltan cinco o diez minutos para el final y sabes, sabes, que será una chapuza. Y al final lo es. Lástima. Con lo bien que iba. Me lo estaba pasando en grande hasta ese momento en que mi yo adulto se impuso a mi yo de ocho años. Por suerte, hay muchos niños de ocho años que carecen de un yo adulto que se interponga en su diversión, y que pasan miedo, lloran y disfrutan con las aventuras de este y de cualquier Doctor. La etapa también ha abundado en subtramas alargadas o retorcidas en exceso que luego se explicaban o resolvían de forma discutible. Es algo que también pasaba con Davies y que, por desgracia, pasa todavía más con Moffat. Eso sí, tanto uno como otro son capaces de entretenerte, y mucho, con un torrente brutal de ideas, frases ingeniosas y conceptos absurdos, aunque no te enteres muy bien de porqué pasa lo que pasa. Es un disfrute casi visceral. Infantil.

Y este episodio de Navidad donde se despide la etapa de Matt Smith lo tiene todo: saltos en el tiempo, multitud de enemigos, una antigua amante, un pueblo sitiado durante más de trescientos años, paradojas temporales, el doctor envejeciendo en su última regeneración, una conversación donde se atan de forma casual cabos sueltos de toda la etapa, y hasta una metadespedida brillantemente escrita que sirve tanto para este Doctor como para Matt Smith. El niño de ocho años que llevo dentro ha disfrutado como uno de esos niños que montan en el tiovivo de la Plaza de Oriente, y mi yo adulto se ha maravillado ante tanto descontrol argumental y estructural que, sin embargo, se las arregla para seguir conmoviendo y divirtiendo.

Entretendré la espera de los próximos episodios con un maratón de los tres últimos especiales, porque creo que me perdí cosas al verlos. Aunque sólo sea porque el Doctor habla muuy deprisa, y con acento escocés, en todas sus encarnaciones actuales.


(Por cierto, al enlazar la ficha del Imdb a El ladrón de Bagdad, descubro pasmado que es de 1940. Qué diferencia más brutal con los actuales blockbusters. Debería darles vergüenza).

martes, 24 de diciembre de 2013

Dracula (NBC) y Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D. (ABC)


En la televisión generalista estadounidense hay una norma no escrita: cada uno de los cinco o seis primeros episodios de una serie debe funcionar como piloto (salvo cuando es de continuará, claro). Cada uno debe presentar a los personajes, contar una historia sencilla y evitar continuarás o cambios en el esquema inicial. Como mucho, se permite incluir elementos que se retomarán luego. Los guionistas pueden desmelenarse a partir del sexto. Antes no. Se supone que es para captar o acostumbrar a los espectadores al producto, pero a mí han estado a punto de perderme más de una vez. Claro que, para ellos, yo no cuento como espectador.

Como decía el guionista Ken Levine en su, en ocasiones imprescindible, blog, hay dos clases de pilotos: los que presentan personajes y serie, siendo un ejemplo de cómo serán todos los demás episodios, y aquellos que se limitan a presentar la premisa y los personajes y a dejar para siguientes entregas el saber cómo será la serie. Ahora abundan los pilotos-premisa con ideas sorprendentes que buscan llamar la atención (y ganar publicidad), pero que en muchas ocasiones no dan para más de una temporada, o que no se sabe cómo continuar. Fue el caso de Lost (ABC), que nació casi por accidente en el momento justo y adecuado, y arrasó en audiencias con gran sorpresa para todos y que luego se continuó como se pudo. En las comedias de situación suele ser fácil valorar la calidad de una serie a juzgar por el piloto (te ríes o no), en los dramas menos. Muchas veces, hay que ver más de uno para comprobar si la impresión, buena o mala, producida por el primero se corrige con el siguiente.


Al ver el de Dracula (NBC), creación de Cole Haddon, señor del que no sabemos nada porque no ha hecho nada más, comprobamos que la producción es lujosa, con algunos decorados apabullantes, buen vestuario y fotografía notable. Pero hay un par de planos cutres, muy cutres, que deberían ser bonitos, de carruajes llegando a una mansión que no se ve bien, que no presagian nada bueno. La trama parece inspirada en el Dracula de Francis Ford Coppola, con lo de la esposa reencarnada en Mina Murray y otras zarandajas, y no parece que el autor se haya leído la novela original de Bram Stoker, aunque igual me sorprende. La premisa es de culebrón barato: Drácula quiere vengarse de la Orden del Dragón que lo mató siglos ha junto a su mujer, y para ello se hará pasar por millonario norteamericano y utilizará la incipiente energía eléctrica para acabar con los negocios petrolíferos de los descendientes de la Orden; todo ello mientras va matando gente de forma poco discreta para que sus enemigos no se enteren de su existencia. El guión es nefasto, con diálogos cutres y artificales, cada escena resuelta de la forma más pedestre posible. Hay actores teóricamente buenos en el reparto, pero quedan muy mal al no tener nada válido que decir y no saben sacarle partido a sus frases por mucho que imposten el tono. El director, Steve Shill, es rutinario y no consigue el tono de tensión, por no decir de terror, que requiere el tema, y del que carece el material con que trabaja. El resultado es un desastre que no presagia nada bueno. Es un piloto de esos que ofrecen premisa y personajes sin que se sepa cómo diablos continuará. La segunda entrega revela que los guionistas tampoco, que ahondan en sus defectos y, además, hacen avanzar la trama a trompicones, haciendo que todo el mundo sea tonto. También confirma la sospecha de que se gastaron todo el presupuesto en el primero (¡Otra vez ese carruaje llegando!). Dejo de verla. Los norteamericanos parece que también, porque la audiencia va en descenso. A pesar de esto, el pastiche victoriano parece estar de moda y en USA se preparan dos o tres producciones más de este tipo.

El piloto de Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D. (ABC) es todo lo contrario. Retoma un personaje de la película Los Vengadores, que aquí forma equipo con otros agentes para recorrer el mundo controlando y atajando amenazas fuera de lo normal, salidas del universo de los cómics Marvel. El piloto es obra del equipo de Joss Whedon, Jed Whedon y Maurissa Tancharoen, y lo dirige el primero. Es inteligente y hábil, aunque demasiado consciente de sus limitaciones de serie Disney para todos los públicos. Los guionistas conocen el oficio y ofrecen diálogos acertados, en ocasiones brillantes, y resuelven las escenas de forma inesperada y distinta. El director marca un tono luminoso, ágil, de aventura ligera, que resulta entretenido pese a que la trama de presentación sea algo intrascendente. El friki que hay en mí disfruta. Mucho. Los demás, no sé. Pero lo de los cinco pilotos que decíamos antes acaba por limitar mucho su desarrollo e interés, y la serie resulta sosa de puro predecible, aunque vayan presentando de tapadillo a los futuros malos de la serie. Espero con fruición el episodio sexto, convencido de que mejorará. Al fin y al cabo, será sosa pero está bien escrita.


Pero llegamos al décimo, que marca el fin de la primera tanda de episodios, y sigue siendo soso, pese al mejor nivel de algunos episodios. Pienso en House of Dolls (Fox)¸ la serie anterior de los mismos responsables de ésta. Empezó mal, muy mal, antes de remontar con el quinto episodio y progresar de forma sorprendente hasta alcanzar un nivel muy alto. Consiguieron una segunda temporada con inicios igualmente torpes, pero la cosa mejoró hasta acabar de forma notable. En aquel momento, la culpa fue de un canal que no le gustaba la serie que había contratado (idea absurda, pero más frecuente en televisión de lo que se cree) y que interfería contantemente con ella. No tengo informaciones concretas, pero supongo que aquí debe pasar lo mismo, que habrá presiones por parte de ABC, de Disney y de Marvel. O eso me digo mientras veo con desazón a un equipo creativo estupendo y a unos actores más que válidos sacar adelante una medianía tras otra con sólo ocasionales destellos de genialidad. Espero que cuando vuelvan en enero lo hayan arreglado y la cosa empiece a mejorar.

Fue lo que pasó con Fringe (Fox). Un piloto impactante, diez episodios bastante indignos, y un lento ascenso de calidad que culminó en un tremendo “Continuará” de fin de temporada que desde ese momento convirtió la serie en uno de los mejores pulps de ciencia-ficción de los últimos tiempos. No veo porqué no va a hacerlo también Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D. Lo comprobaremos entre todos.

Los que quieran, claro.

jueves, 12 de diciembre de 2013

The Blacklist (NBC)

 (Nota: Más adelante hay spoilers. Muy leves, pero haberlos haylos).

Ayer se incluyó en El país un bonito artículo publicitario de The Blacklist (La lista negra, para los que sabemos idiomas), comparándola con Homeland (Patria) no sé por qué, quizá porque tampoco le traducen el título, pero con la aviesa intención de equiparar la calidad de una a la otra. Y no, oigan, no. Ni siquiera en eso de que tratan “temas que no son ajenos en absoluto a los titulares de los periódicos”.

El episodio piloto se ve con agrado, pero sin pasarse. Raymond "Red" Reddington (James Spader), traidor al FBI y buscado desde hace veinte años, se entrega a cambio de una amnistía y de ayudar a acabar con una lista de supervillanos que el FBI no sabe que existen. Ah, y su contacto con el FBI sólo puede ser una agente profiler novata llamada Elizabeth Keen (Megan Boone). ¿Por qué? ¿Quí lo sa? Esa es la base de la serie. Cada episodio se ocupa de algún malvado de la lista mientras se desvelan o enredan los misterios reinantes que nadie sabía que campaban a sus anchas desde hacía mucho tiempo y Red va siguiendo su plan oculto pasito a pasito. Aunque no sepamos cuál es ni para qué lo tiene.

Buena producción, buena fotografía, dirección competente y un guión profesional, pero poco más basado en ese recurso literario tan útil que es hacer que todo el mundo sea tonto. El FBI es tonto porque no ha sabido capturar a Red en veinte años; es tonto porque no sabe que había supervillanos cometiendo tropelías por el mundo;  es tonto porque tampoco sabe encontrar la conexión entre Hannibal y Clarice, perdón ente Red y Elizabeth, a pesar de que el mismo Red dice que conoció al padre de ella y que era un criminal (cosa que tampoco sabía el FBI pese a haber investigado su pasado a fondo y que luego se olvidará de investigar o mencionar durante el resto de la serie). Elizabeth es tonta porque se cree todo lo que le dice el moñas de su marido a pesar de que es como mínimo muy sospechoso y que se supone que va a trabajar de profiler para el FBI. Los supervillanos son poco super porque meten la pata más que un cojo para así poder ser cogidos antes del final de cada episodio. (Uno de ellos hasta organiza una tremenda operación para tomar un edificio federal, matar a nosécuántos agentes y secuestrar a Red para preguntarle si iba a venderle al FBI. Pues, mira, a ti no. Ah, bueno. Disculpa las molestias; es que no tenía cobertura en el móvil y he tenido que montar todo esto para preguntártelo. Bueno, adiós, ya nos vemos otro día y tomamos unas copas).


Claro que, ante todo esto, tenemos a un James Spader que se come la cámara, se las arregla para dar sustancia hasta a la frase más banal y se nota que disfruta haciendo de malo. Los demás actores son meh. Megan Boone es mona, algo sosita y no molesta, aunque no sabe dar enjundia a un personaje que no la tiene. Igual sucede con los competentes Parminder Nagra (la doctora india de Urgencias) y Harry Lennix (el militar negro de Man of Steel), pese a sus casi quince años de oficio. De los demás, mejor no hablar, por mucho que alguno también salga en Homeland (Si al final en El País tendrán razón y serán igualitas).

Con estos mimbres puede decirse que, en el mejor de los casos, la escritura es funcional y mediana, sin la menor sorpresa argumental ni ambigüedad moral (aunque se pretenda en algún momento) y unos diálogos del montón. Sólo se aguanta porque da gusto oír a James Spader (no le veo sentido a oírlo en castellano, la verdad). Es una de esas series que ves/oyes mientras haces la comida o la limpieza, por aquello de practicar inglés y porque en el otro canal sale Francisco Marhuenda. Y esto porque aún no sabemos cuál es su plan secreto. Me temo que en cuanto nos enteremos de cuál es descubriremos que también Red Reddington es tonto, y la serie se habrá hundido para mí y para todo el mundo. Mientras tanto, ahí la tienen, renovando temporada y funcionando muy bien de audiencia (once millones de espectadores de media) gracias a que todo es muy misterioso y desconocido en su inanidad. Eso sí, no sé qué pasará cuando James Spader salga menos en un episodio o se quede ronco. La audiencia por los suelos. Lo veo.